Buscando un jaguar en la hacienda más grande de Colombia | Nelson Barragán camina por uno de los esteros del Hato La Aurora, cuerpos de agua donde se refresca la fauna llanera. | Por: Federico Ríos

nota: revista semana

Por: Simón Posada
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Esta es la historia de cómo recorrí 16 mil hectáreas en cinco días en busca de un jaguar, pero el único rastro que vi de él fueron unos arañazos en el tronco de un árbol. Sin embargo, en ese lugar remoto del Casanare, conocido como el Hato La Aurora, la reserva natural privada más grande del país, del tamaño de una décima parte de Bogotá, vi otras cosas que, aún ahora, tres años después, sigo sin entender.

 

Después de ese viaje, creo con firmeza que si uno no visita el Casanare no puede entender a un país como Colombia. De hecho, voy a decir algo radical: no conocer el Casanare es como no conocer a Colombia. Las cosas que allí ocurren todos los días no tienen nombre. Antes de emprender su viaje a la selva, esto ya lo sabía Arturo Cova, el alterego de José Eustasio Rivera en La vorágine“Casanare no me asustaba con sus espeluznantes leyendas. El instinto de la aventura me impelía a desafiarlas, seguro de que saldría ileso de las pampas libérrimas y de que alguna vez, en desconocidas ciudades, sentiría la nostalgia de los pasados peligros”.

Desde un apartamento en Miami Beach, donde vivo hace un año, esa nostalgia por el Casanare me carcome. En la madrugada no me despiertan los aullidos de los monos sino el estruendo de algún tonto que acelera su Ferrari de alquiler. El Casanare es otro mundo, una dimensión desconocida. Hasta hace unos años, sus pobladores lavaban las ollas con jabón de tierra y con la hoja de un árbol conocido como chaparro, tan áspera como un papel de lija y resistente a los incendios con que los llaneros, desde hace siglos, tuvieron a la selva al límite para que no se tragara el ecosistema de la llanura.

smiley| Una tortuga Morrocoy cruza la carretera en una zona de tráfico pesado. En los Llanos orientales las carreteras son trampas mortales para innumerables especies.

La energía eléctrica tiene menos de diez años en Montañas del Totumo, el poblado más cercano al Hato La Aurora. Eso quiere decir que cuando en Bogotá la gente empezó a usar el primer iPhone, en Montañas del Totumo tenían que salar la carne para poder conservarla. De hecho, cortes como la punta de anca y la cadera de res no existen allí. En el Casanare todavía cortan la carne en lonjas delgadas, sin cortes ni distinción, porque no importa de qué parte del animal venga, toda presa tenía que ser salada. Hoy en día ya hay neveras y congeladores, pero las reses todavía son cortadas como si fueran a salarlas. Desde su fundación, las casas de Montañas del Totumo se construyeron con techos bajos para poder matar con facilidad los mosquitos. Y para evitar el calor, las paredes eran de caña. Hoy las casas son de cemento, y los techos debieron haber subido para hacerlas más frescas, pero siguen tan bajitas como si fueran de caña.

Incluso, en el Casanare el cielo también es diferente. Por eso, es difícil de creer que el nombre del Hato La Aurora lleve ese nombre por casualidad. Un hombre conocido como Chepe Delgado fue el fundador del hato en 1920, y para bautizarlo propuso un juego: el lugar llevaría el nombre de la primera mujer que cocinara en sus fogones. Yo no creo en esa casualidad. Los amaneceres y atardeceres del Hato llaman a gritos que se llamara La Aurora. No hay que dejárselo al azar ni devanarse los sesos para inspirarse. Es tan evidente que en La vorágine existe un párrafo que José Eustasio Rivera debió escribir mientras vivía en Sogamoso, a mediados de 1922, y que me hace fantasear, incluso, con la idea de que el escritor visitó el Hato La Aurora alguna vez:

smiley – Nelson Barragán, el llanero que dirige el refugio para turistas del Hato La Aurora, toca cuatro, arpa y maracas, canta poemas llaneros, anda descalzo y en su cintura siempre lleva un cuchillo.


“…Y la aurora surgió ante nosotros: sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina. Las estrellas se adormecieron, y en la lontananza de ópalo, al nivel de la tierra, apareció un celaje de incendio, una pincelada violenta, un coágulo de rubí. Bajo la gloria del alba hendieron el aire los patos chillones, las garzas morosas como copos flotantes, los loros esmeraldinos de tembloroso vuelo, las guacamayas multicolores […] Alicia, abrazándome llorosa y enloquecida, repetía esta plegaria: ¡Dios mío, Dios mío! ¡El sol, el sol!”.



Por esa sutil diferencia ortográfica entre “La Aurora” y “la aurora”, no se puede asegurar que Rivera haya estado en el lugar. Pero quizá ese párrafo sea la mejor manera de describir el carácter sobrenatural que el Sol alcanza en el Casanare. Pero sobrenatural también es la cantidad de animales que habitan en La Aurora.

 

Para cruzar el río, a falta de carreteras o puentes, se unen dos canoas con tablones y se sube la camioneta sobre ellos. El procedimiento tarda al menos cuarenta minutos.


 

 

Armando Barragán sobrevoló por primera vez el Hato La Aurora junto a un piloto amigo, conocido como Mauricio Quijano, en 1974. Ese mismo año lo compró y, desde entonces, decenas de científicos del país han llegado al lugar. El primero fue Jorge Ignacio Hernández Camacho, más conocido como el ‘Mono Hernández’, uno de los fundadores del Inderena y quizá el científico que más ha caminado el país. Junto a Armando Barragán, Hernández empezó un inventario biológico del lugar, donde encontró más de 400 especies de aves. Y las hay por cantidades. Apenas sale el sol, no se oye nada más que pájaros. En el comedor de la posada Juan Solito, donde se hospedan los turistas que visitan el hato, uno podría quedarse sentado todo el día mirando la gran diversidad de pájaros atraídos por racimos de plátanos que cuelgan de postes. En los cinco días que estuve pude contar, sólo en el comedor, al menos treinta especies diferentes de pájaros.

 

 

 

 

Varias veces al año se realiza un encierro de ganado para bañarlo, desparasitarlo, marcarlo y contarlo. Es parte de la rutina de la vida llanera, en la que el caballo es un compañero imprescindible.


En una entrevista con la emisora Violeta Stereo, Armando Barragán cuenta que desde 1974 él y su familia sólo han matado un venado y algunos cerdos, porque, según el ‘Mono Hernández’, era sano para la topografía del lugar disminuir un poco su población. Hoy, se estima que en el Hato La Aurora habitan más de 350 especies de aves, 42.000 chigüiros, 2.500 venados y 27 jaguares. Y ellos, los jaguares, fueron mi objetivo del viaje, un objetivo que se fue perdiendo porque son casi imposibles de ver y porque, además, otras cosas saltaban a la vista.

 

Juvenal, uno de los guías locales, se abre paso a machete dentro de un bosque en el que es usual que las cámaras trampa capten los jaguares.



Es usual que los felinos usen los troncos de los árboles para afilar sus uñas.

Un mes antes de mi visita, un turista ruso estuvo dos semanas enteras sin bañarse, durmiendo de día y caminando de noche los bosques y llanuras del hato con un visor nocturno de alta tecnología para encontrarse con un jaguar. Un día, al revisar una de las cámaras trampa que tienen instaladas en el Hato, vieron una foto en que salían las piernas del ruso y, minutos después, un jaguar que iba detrás suyo.

Las cámaras trampa que están en el Hato han sido instaladas desde 2009 por la Fundación Panthera, un ente internacional –fundado por Thomas Kaplan, inversionista en minas de oro y plata y dueño de la colección más grande de obras de Rembrandt– enfocado en el cuidado de todos los grandes felinos del mundo, desde el misterioso leopardo de las nieves del Himalaya hasta el jaguar americano.
De hecho, la fundación tiene un proyecto muy ambicioso en marcha a nivel continental: crear una cadena de reservas naturales que se comuniquen de país a país entre el sur de Estados Unidos y Argentina, algo que garantizaría su protección por lo menos en los próximos 600 años.


La ganadería extensiva y la tala de bosques ha acabado con el hábitat del jaguar en todo el continente. Además, después de que Jacqueline Kennedy fue fotografiada con un abrigo de leopardo en 1962, se firmó la sentencia de este felino y del jaguar, por su gran parecido.

 


El periodista Santiago Wills recuerda en un artículo de Vice:

 

“Para 1968, se reportó el ingreso ilegal a Estados Unidos de más de 13.500 pieles. Al año siguiente entraron más de 9.800 más. En 1969, Brasil estimó el tráfico de más de 50 toneladas de pieles de jaguar hacia Estados Unidos, Alemania Occidental, Suiza, el Reino Unido, Francia, Canadá y Austria. En 1966, el gobierno peruano denunció que 891 pieles de jaguar se comercializaron ilegalmente en Iquitos. Los precios de las pieles oscilaban entre 130 y 180 dólares de esa época y el mercado internacional para 1975 se estimaba en cerca de 30 millones de dólares, aproximadamente 181 millones de dólares hoy en día. Todo esto de acuerdo con Notes on the Wildlife Trade, un reporte de los ecologistas Norman Myers y R. W. Doughty publicado en 1971 en el Journal of Biological Conservation”.

 

 

Por la gran disminución de su población y su carácter esquivo, para mí fue imposible ver un jaguar. Qué iluso fui. En el Hato La Aurora caminé por uno de los senderos preferidos de los jaguares. Sólo vimos algo que parecía una huella y, al lado, unos arañazos en un árbol. Cerca a ese lugar, Nelson Barragan, hijo de Armando Barragán, casi muere.

Un baño en un pequeño caño en el Hato. También conocida como pava de agua o “hedionda”, es un ave tropical que habita en las zonas pantanosas de Meta, Casanare y Orinoquía.


También llamada garza amarilla, es la única especie del grupo Syrigma que vive en grupos o parejas. Es común verla al amanecer sobre los árboles.


Un caimán llanero acecha desde el agua en un caño. Es una especie en peligro. En Meta y Casanare se han empezado labores de repoblamiento y protección, además de algunas iniciativas de reproducción en granjas para la explotación de su carne y piel.

 


 

Un día, la policía le pidió liberar en el Hato a un puma que habían decomisado. Nelson nos mostró el lugar donde liberó al animal y recuerda que siguió de largo, camino al pueblo para hacer una diligencia. Al regreso, un par de horas después, le dijo a su conductor que lo dejara más o menos en ese punto porque quería regresar a las cabañas a pie. De repente, el puma se le apareció y Nelson se paralizó. El animal se le aproximó a olerlo tan cerca que, en un punto, Nelson sacó un cuchillo del cinto y empujó con la punta la frente del animal hacia atrás.

Él sabía que si corría, iba a ser devorado por el animal. 

Primero habría mordido su nuca, luego se comería su barriga, las costillas y dejaría las tripas a un lado. Por este método es que Nelson a veces logra reconocer si las reses que encuentra muertas en el Hato fueron atacadas por un puma o por un jaguar. Porque el jaguar, en cambio, tritura el cráneo, se come el pecho, el cuello y le gusta la grasa.

 

– En la madrugada es frecuente ver a los monos aulladores caminando en manadas sobre las copas de los árboles, buscando alimento y aullando. Durante el resto del día permanecen ocultos. El aullido de los machos es muy potente y puede ser escuchado a varios kilómetros de distancia. En la región son conocidos como monos “araguatos”.


Pero no nos desviemos del tema. Nelson caminó con lentitud hacia una laguna, mientras el puma le seguía los pasos. Con el agua al cuello, estiraba su brazo para buscar señal en el teléfono celular, mientras el animal nadaba detrás suyo. En la otra orilla le contestaron y fueron de inmediato a su rescate.

No sé si esa historia es verdad o mentira, pero cuando me la contó no pude dejar de decirle:

“Bueno, entonces usted, para salvarse de un puma, no le importó meterse al agua con una anaconda”.

Nelson se rió. Al día siguiente, yo era el que iba a terminar en el agua con una anaconda.

 

Una manada de chigüiros con sus crías corre por una zona inundada de la llanura. Conocidos como los roedores más grandes del planeta, su carne es apta para el consumo humano. En la región son fuente de proteína para los habitantes. Sin embargo, en el Hato La Aurora no se sacrifican y es usual ver cientos de ellos en la llanura.



En vista de que no habíamos logrado fotografiar a ningún jaguar, no podíamos regresar a Bogotá con las manos vacías. Fue en medio de esa desesperación en que terminé caminando con el agua en la rodilla por un estero –pequeñas lagunas o ciénagas que hacen parte del paisaje usual del Casanare– en busca de un güio, el nombre popular de la anaconda. En la mano llevaba un palo largo que me servía para palpar el suelo en busca de una. No sé en qué estaba pensando.


Dos habitantes locales bogan en su canoa por el río Ariporo. Muchos de los habitantes de la región pescan diversas especies de bagres para variar su dieta.


 

Paisajes alucinantes bañados por el sol, selvas vírgenes en las márgenes de los caños.


Una anaconda tarda tan sólo diez segundos en someter por completo a su presa. Los únicos que pueden matarla son los humanos y los jaguares. Sin embargo, hay registro de anacondas que se han tragado jaguares enteros e, incluso, anacondas que se comen a otras anacondas. De hecho, el fotógrafo Luciano Candisani publicó en febrero de 2017 en National Geographic la primera fotografía en registrar a una anaconda hembra comiéndose a un macho después de aparearse.

Se posa en las ramas en los costados de los caños esperando a su presa en el agua.

A menudo se mueve en grupos de hasta diez ejemplares.

Alza vuelo con la más mínima perturbación de su entorno.


Yo no estaba solo allí. Dos guías del Hato estaban conmigo caminando en el estero hasta que uno de ellos quedó paralizado. Algo grande y robusto en el fondo del agua se movió y tocó su pierna. De repente, vimos emerger un pedazo de una anaconda enorme, con un cuerpo tan ancho que podría rodear con mis manos si tuviera cuatro en vez de dos. Entre la maleza del estero vimos su cabeza en forma de diamante, observándonos. La idea era poder agarrarle la punta de la cola, arrastrarla hasta sacarla del agua y tomarla de la base del cráneo para que no pudiera girarse y modernos. Pero no pudimos encontrar la cola y decidimos irnos a almorzar y regresar luego.

 

 El Hato La Aurora cuenta con guías nativos de la zona para acompañar a los visitantes. La familia Barragán los ha escogido y entrenado de tal manera que tengan empatía por los visitantes y entiendan las dificultades que las personas de ciudad suelen tener en ambientes salvajes.

 


En el comedor había cuatro estadounidenses que habían llegado al Hato porque leyeron en una guía de viajes de Colombia, de la editorial Moon, que allí podrían ver más animales que en el Amazonas. Así, decidieron no viajar hasta Leticia y tomar un vuelo de sólo treinta minutos de Bogotá a Yopal.

“Bueno, como quieren ver animales, después de almorzar acompáñennos a atrapar una anaconda”, les dijimos.

Cinco minutos después, ya estábamos en el agua, hasta que uno de los guías del Hato notó un zurco de plantas acuáticas sobre el pasto. La anaconda había huido del estero.

Esta tortuga alcanza a medir hasta 90cms, convirtiéndose en la tortuga de agua dulce más grande de Suramérica.


Son aves grandes, se les ve en parejas, tienen un pequeño cuerno en la cabeza y dos espuelas en las puntas de las alas. Se encuentran en Colombia, Venezuela y Brasil.


 


Los osos hormigueros se alimentan de hormigas y termitas. Sus garras son tan poderosas que hay quienes dicen que, incluso, su abrazo puede ser letal para un jaguar.


 

El cadáver de este chigüiro indica que pudo morir por enfermedad o picadura de culebra.

No tan numerosos como los chigüiros, los venados coliblancos habitan en el Hato La Aurora y son fáciles de encontrar.

Salimos del agua siguiendo las huellas y vimos la cola de la anaconda entrando a un morichal. Todo pasó muy rápido: uno de los guías empezó a jalarla de la cola hasta que, en un segundo, la anaconda se giró en un parpadeo de mis ojos e intentó morderlo. En esa posición, el otro guía se montó sobre ella y la tomó de la base del cráneo. El detalle que más me impactó cuando me la entregaron y la sostuve en mis manos no fue su tamaño –medía al menos cuatro metros de largo–, sino el sonido que emitía su respiración: era el sonido que siempre se oye en las películas de vaqueros cuando aparece una serpiente cascabel en el desierto, pero amplificado por mil. Era un suspiro como de pesadilla. La liberamos y todavía no entiendo de dónde saqué las agallas para hacer eso.

Pero en el Casanare ocurren cosas así todos los días.

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Los guías son diestros en todas las labores del campo: son jinetes avezados, pescadores, conductores de bote e, incluso, saben seguir huellas.


 

Con la ayuda de palos para sondear el fondo, Nelson Barragán y varios de los guías del Hato en buscan una anaconda en el fondo de un estero.


 

Después de encontrarla y capturarla con seguridad, fueron necesarios nueve hombres para cargar la anaconda.


 

 


La anaconda fue liberada en un lugar seguro dentro del Hato. Su cuerpo era tan grueso como la pierna de un hombre adulto.


 

Nelson Barragán (derecha) y Juvenal (izquierda) caminan en la sabana en busca de los rastros del jaguar.


 

El caimán es conocido en esta región como “cachirre” y puede llegar a medir hasta 2,5 metros de largo.

El garzón soldado puede medir más de 1,50 m de altura. Su nombre científico, “Jabiru”, proviene de la lengua guaraní y significa “muy grande”.

 

 

En las noches la fauna cambia y se pueden observar otros animales, en especial reptiles y anfibios.

 

Los jaguares, como los gatos domésticos, tienen en sus patas una almohadilla grande en forma de “M”, con cuatro dedos ovalados, extendidos con forma cónica. El tamaño de la huella de un jaguar adulto mide entre 4×4.8 pulgadas. Las uñas del jaguar no se ven en la huella porque el animal camina con sus garras retraídas. En la foto se ven dos huellas. Creemos que la de jaguar es la primera de arriba abajo, la que no muestra rastro de uñas.

***

Al final de la jornada el ganado se acerca al saladero –recipientes con sal, agua y alimento– para alimentarse. Es una rutina que mantiene unido y controlado al ganado.


 

Juvenal al atardecer, con sus ojos enfocados en alguna huella o pista del jaguar.


 

Al final del día las garzas regresan a las copas de los árboles, un espectáculo coreográfico con el atardecer llanero de fondo.

 ZOOM   EN LA VOZ DEL FOTÓGRAFO 


– Mientras ves las fotos, escucha la historia de este reportaje fotográfico en la voz del fotógrafo Federico Ríos –


 

T  E  X  T  O


 

Simón nació en Medellín. Ha trabajado en El Tiempo, Publicaciones Semana, DONJUAN, Bocas, SoHo, Especiales Pirry, KienyKe y el Grupo Planeta. Fue ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a mejor crónica escrita en 2015. Es autor de dos libros, Las barbies también sueñan con muertos (Norma, 2007) y Días de porno (Planeta, 2009) y sus crónicas han aparecido en tres antologías de periodismo. En la actualidad trabaja en el área digital de Univision en Miami, Florida.

En Twitter: @simon_posada

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F  O  T  O  G  R  A  F  Í  A  S


 

Federico es de Manizales. Ha trabajado para publicaciones alrededor del mundo desarrollando proyectos de fotografía documental sobre temas sociales. Después de trabajar como fotógrafo en Colombia para los diarios El Espectador El Tiempo, viajó a Brasil para estudiar Antropología Visual y desarrollar su proyecto fotográfico sobre el movimiento de trabajadores sin techo. Sus trabajos han sido publicados en medios como The New York TimesSternGeo, Times Magazine, Parismatch, Leica Magazine, El País de España, Folha de Sao Paulo Vanity Fair entre otros.

 

En 2012 publicó el libro de fotografías “La ruta del cóndor”, bajo los sellos editoriales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y la Universidad de Caldas, y en 2013, el libro“Fiestas de San Pacho, Quibdó” junto al colectivo de fotografía “Mas UNO “.
El trabajo “La Firma de Los Ríos” ha sido expuesta en Video Guerrilha, exposición internacional de arte y fotografía en Sao Paulo / Brasil 2013, la obra  ‘Transputamierda’ fue exhibida en el Festival Internacional de Fotografía de Valongo en Santos, Brasil, bajo la curaduría de Horacio Fernández. Presentó su trabajo sobre las FARC en la Galería de arte fotográfico de La Guardia, en Nueva York, en abril de 2017 y en el festival Kaunas Photo de Lithuania. También exhibió su obra en el festival Unseen Photo en Amsterdam como parte del colectivo +1 y durante octubre de 2017  inauguró la muestra ‘Transputmierda’ en el festival Gabo de la FNPI que reúne lo mejor del periodismo iberoamericano.

En Instagram: @historiassencillas

Otros reconocimientos: 
Sony Alpha Partner

Primer premio Serie de noticias 2017 POY Latam

Premio del Jurado en Days Japan 2017

Portfolio Review New York Times 2017