¿Por qué nos matamos a pesar de ganar? Gabriel García Márquez dio una posible respuesta

En lo que va del Mundial de Rusia la cifra de muertos en Colombia asciende a más de ocho personas. Parece que cuando mejor le va a la Selección, la violencia incrementa en medio de las celebraciones.

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La Dirección de Seguridad Ciudadana de la Policía Nacional de Colombia informó que la celebración en territorio nacional, después de la victoria de Colombia contra Polonia el pasado domingo, dejó muertos y numerosos heridos en varias ciudades del país. Después del partido del domingo se registraron ocho homicidios y 73 heridos con arma de fuego (20) y arma blanca (53), entre ellos varios policías durante distintas riñas que se presentaron en las ciudades de Cartagena, Cali y Bogotá y en los departamentos de La Guajira y Cundinamarca.

¿Por qué ni la victoria nos quita lo violentos? Según García Márquez la violencia extrema de esta tierra tiene que ver con que somos dos países en uno solo: “uno en el papel y otro en la realidad”. En un discurso que dio el Nobel de Literatura en la ceremonia de entrega del informe de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo de Colombia en 1994, García Márquez asegura que “en cada uno de nosotros cohabitan, de la manera más arbitraria, la justicia y la impunidad; somos fanáticos del legalismo, pero llevamos bien despierto en el alma un leguleyo de mano maestra para burlar las leyes sin violarlas, o para violarlas sin castigo. Nos indigna la mala imagen del país en el exterior, pero no nos atrevemos que muchas veces la realidad es peor. Somos capaces de los actos más nobles y de los más abyectos, de poemas sublimes y asesinatos dementes, dé funerales jubilosos y parrandas mortales. No porque unos sacamos buenos y otros malos, sino porque todos participamos de ambos extremos llegado el caso -y Dios nos libre- todos somos capaces de todo”.

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Una de las reflexiones que plantea el escritor es escarbar entre nuestros antepasados. Hasta qué punto este modo de ser nos viene de que seguimos siendo en esencia la misma sociedad excluyente, formalista y ensimismada de la Colonia. Tal vez estemos pervertidos por un sistema que nos incita a vivir como ricos mientras el cuarenta por ciento de la población malvive en la miseria, y nos ha fomentado una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad: queremos siempre un poco más de lo que ya tenemos, más y más de lo que parecía imposible, mucho más de lo que cabe dentro de la ley, y lo conseguimos como sea: aun contra la ley. A pesar de que ganemos no somos capaces de celebrar en tranquilidad porque ni en medio de la fiesta podemos soportar que el otro no celebre igual que nosotros o, y de forma más grotesca, aprovechamos cualquier momento de descuido para pasar por encima del otro.

“Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo. Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón”.

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